El proceso de conocimiento y, por lo tanto, la perfección del alma Platón lo explica a través de la alegoría de la línea. En ella diferencia dos tipos de conocimiento: la "doxa" o conocimiento sensible y, el mundo intelegible o "episteme". Por tanto, el verdadero conocimiento es el inteligible, es decir, el conocimiento de las ideas.
Dentro del mundo sensible, las imágenes de las cosas sensibles dan lugar a imaginación y los objetos materiales a la creencia. Mientras que, en el mundo inteligible, las entidades matemáticas (objetos inteligibles) dan paso al conocimiento dianoético y lo que viene siendo las ideas (intuición) al conocimiento noético.
La tesis esencial del intelectualismo moral es la siguiente: la experiencia moral se basa en el conocimiento del bien. Sólo si se conoce qué es el bien y la justicia se puede realizar el bien y la justicia. Sócrates hace las siguientes consideraciones a sus conciudadanos: cuando uno de vosotros está enfermo no propone una votación entre los miembros de la familia para establecer qué remedio es adecuado para curar la enfermedad: ocurre más bien que llama al médico y se somete a su juicio y recomendaciones; cuando un ejército quiere derrotar al enemigo no se realiza una consulta popular para establecer el modo de atacar, es el estratega quien decide el modo de dirigir a los soldados y plantear las batallas; cuando queremos levantar un edificio no hacemos una votación para decidir el modo de construirlo, dejamos que sea el arquitecto quien imponga su criterio. Y pregunta a continuación Sócrates: ¿Por qué cuando se trata de lo más importante de todo, que es el bien de la ciudad y las leyes que son adecuadas para la convivencia entre los ciudadanos, dejamos que todo el mundo opine y nos sometemos a la mayoría y no llamamos a aquél que sabe?
Para el intelectualismo moral los asuntos morales y políticos tienen que ser cosa de expertos. Esta propuesta socrática puede dar lugar a interpretaciones políticas antidemocráticas y elitistas (como, por cierto, se ve claramente en la filosofía política de su discípulo Platón).
El punto de vista de Sócrates está viciado por cierta ambigüedad: cuando Sócrates pide que a la base de la moral y la política se encuentre el conocimiento ¿a qué conocimiento se refiere? Podemos distinguir entre el saber hacer algo y el saber en qué consiste ese algo. Por ejemplo, el artista sabe hacer belleza, pero es muy posible que no sepa en qué consiste la belleza, ni qué pasos concretos hay que seguir para alcanzarla. El primer tipo de saber es un saber entendido como destreza (bien sea corporal o espiritual) para la realización de algo, y el segundo tipo es un saber entendido como conocimiento explícito y consciente de algo (como ocurre por ejemplo en la ciencia). Es fácil observar que estas dos formas de saber no tienen que ir necesariamente unidas, así el historiador y el crítico del arte pueden saber explícitamente muchas cosas relativas a la belleza, pero es muy posible que no sepan crear arte ni belleza. Parece ser que Sócrates pedía un conocimiento del segundo tipo como garantía de las acciones buenas y justas. De ahí la confusión que creaba en sus interlocutores cuando les preguntaba por una definición de aquello para lo cual se les suponía expertos.
Nuestras convicciones vulgares parecen contrarias al intelectualismo moral pues creemos que alguien puede saber que algo está mal y sin embargo realizarlo. Para el intelectualismo moral la perfección moral es una consecuencia de la perfección del intelecto o razón; sin embargo otros autores como Aristóteles se acercarán más al punto de vista corriente al considerar que el conocimiento no es condición suficiente para la conducta justa y buena. Este autor pondrá como fundamento de la práctica moral la perfección de la voluntad más que la perfección del intelecto: la conducta buena no depende tanto del conocimiento como de la disciplina de la voluntad en la realización de las acciones justas. Así, desde el punto de vista de Aristóteles y en contra del intelectualismo moral, cabe concluir que seguramente para ser justo es necesario saber realizar la justicia, pero aquí esta palabra no designa un conocimiento explícito y teórico de la justicia sino la posesión de una habilidad o disposición para la realización de acciones justas.
La reflexión antropológica iniciada por los sofistas girará en torno a la distinción entre "physis" y "nomos" ("Nomos" significa "norma", ley de instauración humana, en tanto se distingue de la ley natural), es decir, naturaleza y convención. Los sofistas subrayan el carácter convencional de las instituciones humanas. Habían viajado demasiado para creer en la procedencia natural de las costumbres y los valores de los hombres. El conocimiento de culturas, pueblos y hombres distintos les despertó la conciencia de la relatividad y convencionalidad de las costumbres y valores. La ley (nomos) no es necesaria, no procede ni de los dioses ni de la naturaleza, sino que es producto de la voluntad de los hombres. Una consecuencia importante de la distinción physis/nomos es que permite plantear la cuestión de la legitimidad y fundamento de la ley a la luz de un hipotético "estado de naturaleza", lo que se ha reflejado a lo largo de la historia en la discusión sobre la ley natural y la ley positiva. A este respecto, una vez admitido el carácter convencional del nomos, cabe discutir su conveniencia o inconveniencia y su relación con la physis. Y así, hay que distinguir entre los sofistas dos grupos: los de la primera generación, Protágoras y Gorgias, más conservadores, y los de la segunda generación de sofistas, como Trasímaco, Antifonte y Calicles, más radicales. Veamos a continuación algunas ideas de los sofistas sobre este punto. Según Protágoras, la cultura no forma parte del equipamiento natural del hombre y es convencional, pero eso no quiere decir que no sea conveniente y aun necesaria para la complejidad de la vida social. El respeto a ciertas instituciones humanas resulta conveniente para el hombre, pues sin él no podría darse la vida social. Trasímaco, en cambio, considera que las leyes no benefician ningún interés general, sino sólo el de los más fuertes. Los débiles obedecen a las leyes no por interés social, sino por su propia debilidad; asimismo, los fuertes imponen sus leyes no por la persuasión, ni en virtud de ningún pacto, sino por la fuerza. Parecidamente piensa Antifonte, para quien el nomos pervierte a la naturaleza. Según Antifonte, hay que liberarse del nomos y llevar una vida "natural", para lo cual se cuenta con un criterio: la transgresión de las leyes naturales produce un perjuicio inmediato, mientras que la actuación contra el nomos sólo produce perjuicio cuando es descubierta y castigada.
El Ser es y es pensable. El no-ser ni es, ni es pensable. Entonces, es lo mismo ser y pensar. Parménides identifica el no-ser con la nada, así, no se podría hablar del llegar a ser, porque todavía no es.
El Ser es imperecedero e inengendrado, porque si no lo fuera, vendría del no-ser y volvería a él, pero el no-ser es impensable e inexistente.
El Ser es uno, ya que si hubiera otra cosa sería no-ser.
El Ser es inmóvil, porque si hubiera un movimiento sería hacia el no-ser. El movimiento es pura apariencia.
El Ser es indivisible, puesto que el vacío que habría de separar las partes sería no-ser.
El Ser de Parménides es la realidad, y lo concibe como algo corpóreo, limitado, compacto, inengendrado e imperecedero, sin posibilidad de cambios ni movimientos.
Parménides intentó acabar con la filosofía de sus predecesores al negar el vacío, el tiempo y la pluralidad.
Corriente religiosa mistérica que irrumpió en Grecia a través de los escritos de Orfeo (músico y poeta).
Su interpretación de la naturaleza del ser humano como compuesto de dos dimensiones: una negativa (el cuerpo) y otra positiva (el alma). La concepción del cuerpo como una habitáculo temporal y mortal pero, el alma era eterna sometida al sufrimiento de las reencarnaciones (sobrevive: recibe premios y castigos). El objetivo de los seres humanos era purificarse para lograr desprenderse de esa parte negativa (liberarse del ciclo de las reencarnaciones) y, finalmente reunirse en el ámbito divino.
Influyó en la filosofía de los pitagóricos pero también en la de Heráclito y Empédocles. Platón heredó del orfismo la idea del alma como inmortal.
La Filosofía nació en el s.VI a.C en las colonias griegas gracias a personas más espabiladas que sacaron al cosmos del caos. Pensaban que el Universo estaba ordenado por átomos que, a patir de los cuales, habían evolucionados los animales y los seres humanos. Las enfermedades no eran causadas por los dioses y la Tierra giraba en torno al Sol.
Se llamó cosmos a la Naturaleza que tenía que obedecer a las leyes naturales para mantener ese orden frente a la idea de caos en el mito. Surgió en las islas remotas del Mediterráneo oriental porque no estaban cerrados a nuevas ideas.
Gracias al comercio, descubrieron que también en otros pueblos hay otros dioses diferenres, es decir, otras realidades válidas. De modo que fue en Grecia donde surgió la idea de que podía haber fuerzas a través de las cuales se podía comprender la Naturaleza al margen de la hegemonía de los Dioses.
El primer científico fue Tales nacido en la ciudad de Mileto. Había viajado por Egipto y conocía las ideas babilónicas. Para él, el mundo en su comienzo, había sido todo agua y la explicación del orden de la Tierra se debía a un proceso natural: el mundo no estaba hecho según la voluntad de los Dioses sino como resultado de las fuerzas. Fue el primer en traer los principios de dos nuevas ciencias: la astronomía y la geología
Anaxímedes de Mileto era colega de Tales y uno de los primeros en realizar un experimento: examinando la sombra producida por la posición de un palo en vertical pudo determinar con exactitud la duración del año y de las estaciones.